20.3.10

Anda... levántate

Prisionero de su esfera. Guardián de su propio mundo, construido sobre la base de un cemento barato. Cuatro paredes enladrilladas con promesas se habían hecho impenetrables por el paso del tiempo. Una única ventana demasiado pequeña para poder mirar a través de ella. Una puerta que ya no recordaba cómo abrir.


En otro tiempo habría sido muy sencillo, conocía las palabras mágicas. Aunque ahora no serían suficientes. Las dudas pesaban demasiado para llevarlas a la espalda. Ya ni siquiera escuchaba esa voz que le ordenaba: ¡Anda… levántate!.

10.3.10

Cocodrilo

Ese tic tac que escuchamos hace rato me tenía preocupado. Sabía que algo pasaba, sobre todo porque llevábamos varias horas río arriba, el Capitán y yo solos, en aquella pequeña barca de remos, y no vimos en ningún momento nada que pudiera hacer un ruido semejante.


Sin embargo, no fue hasta la aparición del animal cuando caí en la cuenta de que mi Capitán y él ya se conocían. Todo ocurrió muy deprisa, tan sólo pude ver como lo capturaba entre sus mandíbulas y lo engullía para después marcharse nadando con un reloj de oro en una de sus patas.

17.2.10

Un viaje

“Por cierto, ¿hoy es domingo?” Así se sentía más tranquilo, por eso le respondía que sí, y aunque siempre había alguien con ganas de aguarle la fiesta y deprimirlo durante todo el día, confiaba a ciegas en mi palabra. Y era jueves, pero eso a Carlo le daba igual. Cada día era uno más y, sin embargo, era el mismo. Levantarse, desayunar, salir a pasear, comer, dormir la siesta, ver la tele, cenar, dormir, volver a desayunar,…

–Por cierto, ¿mañana es lunes? –dijo un día cualquiera.
–Sí, ¿qué te apetece hacer?
–Un viaje.


Y al día siguiente, poco antes de amanecer, ya se había ido.

10.1.09

El año de las petunias

Libro del Sabio Errante [43, 11-17]

El caminante hizo caso omiso
de las indicaciones que su ley le había dado
y terminó revuelto en la senda de las once varas.




Hoy Luca ha salido del trabajo una hora antes. Su jefe, Al, es uno de esos tipos con la cara machacada que han estado puteados toda la vida y que, aún así, aguantando y con mucho esfuerzo, han conseguido tener su propio negocio, en el que trata a sus empleados como le hubiera gustado que le tratasen a él y no hicieron. Un hombre bastante simpático, a pesar de los duros golpes que ha recibido, que sabe también que si es necesario Luca se queda empaquetando pedidos hasta pasada la medianoche sin ningún tipo de problema. Por ello ni siquiera quiso escuchar el motivo de que quisiera salir antes y estuvo a punto de echarle a patadas cuando el chico insistió en hacerlo:

—Si algún día necesitas venir más tarde, o irte de aquí antes, lo haces y punto —le dijo una de las veces que salió de la tienda a las dos de la madrugada —. No me des explicaciones, conmigo no te hacen falta.


Luca no abusa en absoluto de esto, y si lo hiciera, Al le despediría con toda seguridad, porque podría ser un tío simpático, pero no un gilipollas cualquiera. Es más, el chico, que lleva trabajando allí tres años sólo lo ha hecho, con ésta, tres veces. El día era siempre el mismo, y una hora era el tiempo preciso para llegar a casa antes de que lo hiciera Laia, su novia desde hacía seis años, y sorprenderla con un ramo de flores. La razón: era su aniversario, y aunque a él no le importase demasiado, sabía que para ella significaba algo, por eso cada año le esperaba tras la puerta con unas flores diferentes. Las de este año serían petunias.



La tarde es agradable, hace sol y Luca se oxigena los pulmones con ese aire primaveral que aparece justo después de haber llovido. Camina con pasos cortos pero rápidos, las manos en los bolsillos y la cabeza alta, mirando al frente mientras piensa en que quizás todo eso del aniversario no le disguste tanto como parece. Había estado preocupándose varios días por planear esto bien, visitando la floristería para encontrar un aroma que le inspirase. Realmente puede parecer una tontería, pero… ¡qué coño! Está enamorado y eso es bonito, ¿no?

Tuerce la primera esquina, ve a una pareja besándose y se sonríe. Una imagen vale más que mil palabras.

Continúa caminando calle arriba concentrando su pensamiento en los ojos de Laia, grandes, de un marrón tan oscuro que a veces parece que sólo existe una gran pupila que te observa bajo esa mirada inocente que esconde realmente un carácter de acero inoxidable. Y así recuerda la primera vez que la besó, en una fiesta en la casa de un amigo común, después de haber estado unos cuantos meses tras ella. Antes de eso nunca hubiera imaginado que un chico como él pudiese estar con una chica así, pero insistió e insistió y finalmente, el día que menos lo esperaba, ocurrió. Y valió la pena. Luca se siente un hombre afortunado, desde ese día lo ve todo con más optimismo y aunque se haya acostumbrado en gran parte a ser así, aún recuerda los días de desilusión por todo lo que le rodeaba.



Todavía le quedan por recorrer un par de calles más para llegar a la floristería, comprar las petunias y después esperar al maldito autobús que nunca llega a su hora y siempre le hace ir con el reloj bien pegado al culo. Todo sería más sencillo si hubiera una línea directa del metro que conectase esa calle con la suya, pero eso sería pedir demasiado, y si cogiese el metro tendría que andar el doble. Así que, desgraciadamente, dependía de ese autobús que, mirándolo por el lado positivo, al menos le dejaba a pocos metros de su portal.

Esperar nunca ha sido el fuerte de Luca, y mucho menos cuando la espera no depende de él. Es una de las cosas que más odia, y eso que le toca hacerlo con frecuencia. Y más aún cuando empezó a salir con Laia, eso si que era para volarse la cabeza… tardaba más en arreglarse para salir que lo que era salir. El chico al final tuvo que resignarse y tomárselo con humor, pero ella se daba cuenta y ha ido acortando poco a poco ese tiempo hasta reducirlo a menos de la mitad: todo un logro para una mujer así. Pero lo del autobús, el autobús es un caso a parte, porque luego estaba la más que posible situación de que el vehículo fuese lleno, con toda esa gente apelotonada intentando no mirarse… en fin, Luca echa un vistazo a su reloj, procurando dejar ese tema para después.

Todo está dentro de lo planeado, levanta la mirada y ve la floristería al otro lado de la calle. Mientras espera que el semáforo le de paso piensa en que podría hacer este mismo recorrido con los ojos cerrados… a decir verdad, podría recorrer varios lugares con los ojos cerrados… es más, piensa en todas aquellas cosas que conoce tan bien que podría hacer con los ojos cerrados…

El semáforo se pone en verde y deja de darle vueltas al tema; cruza y entra directamente en la floristería. No hay casi gente, sólo dos personas van delante de él. La señora Olivia, una anciana bajita de carácter alegre, casi ciega pero con un olfato del mejor de los sabuesos, que odia que la llamen señora y es dueña de la tienda, se encuentra oculta tras una cesta de flores variadas que prepara cuidadosamente siguiendo las instrucciones que le da una clienta que tiene enfrente, una mujer cincuentona, algo estirada y que lleva puesto un abrigo de piel de mono. A escasos metros, un hombre con barba y chaqueta a cuadros espera con los brazos en cruz invertida, silbando una versión muy personalizada del Concierto para Piano y Orquesta Número Doscientostreintaycuatro comatrés de Amadeo Mozzartella, al tiempo que da vueltas observando los tipos de plantas que hay en la tienda con gran interés. De repente la puerta de la trastienda, que está frente a ellos, se abre y aparece la nieta de Olivia con unas pequeñas bolsas de arena que deja sobre el mostrador para ese hombre.

Eso si que era una ingrata sorpresa: le iba a tocar que le atendiese aquella estúpida. Y es que Yasmin, que así se llama la niña, es uno de estos ejemplares de adolescente cuya máxima preocupación es que sus pantalones, de una talla nunca menor a la treinaydós, vayan a juego con los pendientes. Tan guapa como inútil, sus padres la habrían obligado a estar allí por no tener que aguantarla o para que supiese lo que era trabajar, y ella sólo esperaba el momento de salir de allí para juntarse con su pandilla para charlar, fumar de pipa y escuchar merluza rebozada.

Luca le pide a la joven un ramo de petunias. Ésta, como no sabe lo que son, pregunta a su abuela que se lo indica sonriente. Yasmin, totalmente desganada, coge unas pocas y comienza a hacer el ramo colocándole un plástico azul y un lazo alrededor. Para sorpresa de Luca, parece hacerlo bien pese a la apatía.

En el momento de cobrar, la chica tampoco tiene idea y vuelve a preguntar a Olivia. Yasmine repite el precio a Luca, que saca la cartera, entrega el dinero y sale de la tienda mirando su reloj. Perfecto, le queda media hora.

Camina hacia la parada del autobús paladeando el olor de aquellas flores, pensando al tiempo en la nieta de Olivia; qué le importa cómo sea ahora, ya tendrá tiempo de cambiar, y si no lo hace peor para ella.

A algunos metros de distancia, ve como su autobús llega a la parada y acelera el paso. Al llegar al primer cruce choca con algo duro y metálico que se le clava en el estómago. Las flores caen al suelo. La bicicleta que acaba de atropellar, también. Sus ocupantes, dos chavales, se levantan rápidamente y comienzan a insultar a Luca por lo que ha hecho. Ni siquiera le ha dado tiempo a disculparse cuando recibe el segundo puñetazo. Nota como le sangra la nariz. Un golpe en las costillas le hace caer al suelo. Debería hacer algo para defenderse pero el desconcierto y el dolor le vencen. Apenas nota ya el malestar cuando cree escuchar la voz de uno de los chicos diciéndole al otro que se vayan.

Y ahí se queda, tirado en el suelo. Lo único que siente ahora es el olor de las flores esparcidas y pisoteadas…



…ya nunca más habrá petunias…

18.3.08

depresión

Llevaba más horas de las que nunca había llegado a contar en aquélla habitación, encerrado por su propia voluntad con la única luz que le proporcionaba una vela a punto de consumirse.

Pronto vendrían a por él. Ya no le quedaban lugares donde esconderse.

Intentó recapacitar. Qué le había hecho llegar hasta allí.

No pudo, se encontraba totalmente bloqueado.


Nada, nada, nada, nada, nada…
absolutamente nada…
nada de nada… una gran nada…

simplemente: nada…

eso es todo cuanto tenía, cuanto pensaba…

nada.


De repente, aunque sin saber el momento exacto, aquellos seres comenzaron a aporrear la puerta.

Por su frente comenzaron a caer gotas de sudor, lágrimas de sus ojos… sus dedos parecían deteriorarse…


…un agujero se formó en el suelo y no vio más…


…cuando esos seres consiguieron derribar la puerta la habitación estaba vacía…





…Todo había sucedido en un abrir y cerrar de ojos.

12.3.08

Amante dormido

Debían de ser aproximadamente las tres y media de la madrugada cuando consiguió abrir la puerta de su piso, recogió su bolso del suelo, que había caído mientras luchaba contra aquella cerradura, y entro en él para dirigirse velozmente al cuarto de baño donde se encendió un cigarrillo. Sentada en la taza del váter apoyaba los codos sobre las rodillas para conseguir sujetar su cabeza… estaba borracha, pero no pensaba precisamente en eso sino en su vacío interior. Su objetivo aquella noche, por así decirlo, era el de encontrar un amante diferente, algo que le llenase completamente… una pasión pasajera que valiese la pena recordar.

Se levantó pasados unos cuantos minutos, tirando el cigarrillo al váter, y miró su rostro en el espejo preguntándose qué le había hecho fallar de nuevo. Acto seguido se desnudó y entró en la ducha, dejando que el agua caliente recorriese su cuerpo mientras ella apoyaba sus manos contra la pared. Sus ideas parecían ir limpiándose; veía como el desagüe se llevaba los rastros de la decepción, una vez más.

Se secó de arriba a abajo, se puso unas bragas limpias y un sujetador; apartó el vaho del espejo y vio a una persona distinta, a una mujer sonriente y entera que salía del baño para entrar en su habitación, donde dormía plácidamente su más fiel amante, en completo silencio. Se acurrucó junto a él, sin quererle despertar; acariciando su espalda y besando su cuello, apartando las sábanas, contemplando su cuerpo inmóvil, como inerte; poco a poco notaba su excitación y besó su boca, todavía dormida, mientras su mano resbalaba bajo su vientre. Él ni siquiera se inmutaba de lo que ocurría cuando ella envolvió su cintura con sus piernas. Posando las manos sobre el colchón comenzó a moverse, podía sentir intensamente como estaba dentro… en ese momento despertó acariciando sus pechos, le arrancó el sujetador y bebió de ellos… ella apretaba fuerte su cabeza hasta que llegó el clímax, recorriendo su cuerpo de principio a fin.


Estremecida y agotada se recostó junto a él, que no dijo nada y volvió a dormirse en completo silencio, cuando ella lo agarró para que volviese a ser su almohada.

16.4.06

El Escritor: Aquel día indiferente

Cuatro meses, dos semanas, cinco días. Aún era pronto para contar las horas, pero ese era el tiempo que llevaba sin poder escribir una sola línea, ni una bendita palabra con algún sentido. Ni de la nada era capaz de aprovecharse esta vez, por eso hizo lo segundo que mejor sabía hacer: emborracharse.

El reloj de la cafetería marcaba las once y media cuando Enri entró en ella, mal afeitado, con un cigarro a medias y dos relojes en la misma muñeca. Varias personas se quedaron mirándole, pero no le incomodó. Anduvo hasta la barra y se sentó en un taburete:
–¿Me das un vaso de agua? –le dijo a la camarera.
–No servimos agua. Pida otra cosa.
–Un poquito de compasión. Me he mordido la lengua.

La camarera no contestó. Enrique sacó de su bolsillo algunas monedas y calculó su valor en voz alta:
–Cinco..., quince..., vein... no, diecisiete..., treinta y siete..., cuarenta y dos. Cuarenta y dos céntimos. ¡Señorita! – exclamó finalmente levantando la cabeza.

La camarera, que se había ido de allí aunque permanecía atenta a cualquiera de sus movimientos, se acercó:
–¿Qué?
–¿Qué puedo beber por cuarenta y dos céntimos? – preguntó acercándole las monedas.
–Nada.
–¿Nada? ¿De verdad? ¿Cuánto cuesta una cerveza?
–La jarra dos, la caña uno diez. Tercio uno ochenta, botellín, uno.
–¿Y si me pido casi media caña? Eso puedo pagarlo.
–No diga tonterías.
–No son tonterías. Yo lo veo justo.
–Oiga, si ha venido a incordiar le sugiero que se marche.
–No, no, no... ¿y un vaso de agua por cuarenta y dos céntimos? En otros sitios lo dan gratis.
–Mire: guárdese su dinero, estese calladito, le pongo el vaso de agua, se lo bebe y se larga de aquí. ¿Entendido?
–Entendido, señorita.

La chica le sirvió el agua. Enri se quedó observando el interior del vaso como si fuese la primera vez que veía algo así:
–¿Me puedo sentar en esa mesa de ahí? La que está vacía.
–Haga lo que quiera, pero deje de hacerme perder el tiempo.
–Gracias.

Enri se sentó en una mesa que daba a la pared, con su vaso de agua y el cigarro a punto de consumirse. Sacó otro de su chaqueta y lo encendió sin deshacerse del antiguo. Giró la cabeza y vio, a dos mesas de distancia, a dos chicos jóvenes. Comenzó a mirarlos detenidamente, hasta que se incorporó en su silla:
–Yo las torres Tokio las pondría en japonés – intentó decirles de repente.
–¿Qué? –preguntó uno de ellos.
–Las Torres Tokio, en japonés. ¿Qué os parece?

Los chicos se miraron sin saber qué responder, por lo que Enri fue directo al grano:

–¿Me das un trago de tu cerveza?
–Hombre, pues no.
–Ya, te entiendo.

Los chicos continuaron su conversación. Un hombre anciano de aspecto saludable entró en la cafetería en ese momento y se sentó en un taburete, frente a la barra, a la altura de Enri:
Henry Miller, Henry Miller,... ¿es él verdad? –le preguntó al ver el libro que tenía en sus manos. El anciano se limitó a resoplar y seguir leyendo –: Un tipo interesante, me hubiera gustado conocerle. Yo soy escritor, ¿sabe? – concluyó esperando algún tipo de comentario. Apuró el vaso de agua y se acercó a la mesa de los dos jóvenes –. Un  café con leche, un mechero, un paquete de tabaco,… -decía señalando cada uno de los objetos –… os faltan detalles…
–Por favor: no moleste –le ordenó la camarera desde el otro lado de la barra.
–No estoy molestando –contestó acercándose a ella –. Tengo derecho a hablar.
–¿Se ha bebido el vaso de agua ya?
–Sí.
–Pues váyase.
–Bien, señorita. Me voy.

Salió de la cafetería y se quedó parado, dándole la espalda a la puerta, pensativo. Miró a su izquierda, a su derecha. Gente yendo y viniendo. Al final se decidió, frente a él había una pequeña plaza. Cruzó la calle y se sentó en un banco. Allí fue donde se preguntó dónde había dejado su cigarro. Buscó otra vez en su chaqueta. El paquete estaba vacío:
–¿Tienes un cigarrillo? –preguntó a la primera persona que pasó a su lado; una señora paseando a un perro diminuto, que le ignoró, al igual que la mujer. Miró entonces a su alrededor, al suelo; había varias colillas, algunas aún se podrían aprovechar. Hizo el amago de coger una pero lo pensó mejor... eso le daría ganas de fumar más y no iba a estar fumando el suelo de media ciudad. Se mantuvo allí sentado un rato, meditando. Poco después un chico negro se puso a su lado y sacó de su bolsillo un paquete de tabaco:

–¿Me das uno, hermano? –preguntó Enri.
–Sí –contestó tendiéndole el paquete.
–Gracias. ¿Esperas a alguien?
–Si, a mi novia.
–Las mujeres siempre llegan tarde. Es ley de vida. Lo sé, soy escritor.
–¿Sí?
–Sí
–¿Cómo se llama?
–Enri Moliner.
–No me suena.
–No te culpo. Llevo bastante sin hacer nada. Y no me gusta. No es agradable.
–¿Y qué hace mientras tanto?
–Buscar páginas en blanco.

De repente, el negro se levantó sonriendo y caminó hacia una chica rubia que le sonreía, la cogió de la mano y después miró a Enri:
–Espero que tenga suerte. Hasta otra.
–¿Quién era ese? –preguntó la chica.
–Un escritor.
–No lo parece.
–Yo creo que sí.

Mientras, en el banco, Enri terminaba el cigarro pensando en el tiempo que llevaba sin dormir; no lo recordaba. Vomitó allí mismo, manchándose la camiseta, y al instante quedó dormido.

Al despertar, lo primero que hizo fue mirar sus relojes: eran las dos y las dos menos cinco. Se levantó rápidamente y entró en el metro. No pudo sentarse; apoyó su cabeza en una de las barras. Dos paradas más tarde no aguantó más y decidió continuar el camino andando.

Subido en el ascensor apretó el botón del quinto y mientras s miraba en el espejo se dio cuenta de que se estaba meando. Salió rápidamente del ascensor al llegar al piso, abrió la puerta torpemente con la llave y corrió hacia el retrete. Luego, más relajado, fue a la cocina, abrió una cerveza y comió algo.

A las seis despertó sobre la encimera, sentado. Fue al baño y se duchó. Después se puso ropa limpia y bajó a comprar cerveza para quedarse viendo la tele hasta las diez. Al terminar lo recogió todo, se dio un baño y volvió a cambiarse de ropa para salir de nuevo a la calle. Hizo escala en varios bares hasta llegar a su preferido, en el que nunca sabía qué hora era. Se sentó en uno de los taburetes frente a la barra, junto a una mujer que no hacía más que mirarle:
–¿Qué va a ser, amigo? –preguntó el camarero.
–Una cerveza –contestó al tiempo que giraba la cabeza sintiendo la mirada de la mujer que estaba sentada a su lado.
–Hola –saludó.
–Hola –dijo él.
–¿Me invitas a una cerveza?
–Sí. ¿Por qué no? ¡Camarero! Otra cerveza.
–Muchísimas gracias. ¿Puedo saber tu nombre?
–Enri.
–Yo soy Ana.
–Ana… graciosa. ¿A qué te dedicas?
–Estoy en el paro, ¿y tú?
–Lo mismo: soy escritor.
–¿Lo mismo...? según se mire. ¿Has escrito algo que yo haya podido leer?
–No.
–¿Estás casado?
–Sí.
–Vaya, yo también. ¿Quieres venir a mi casa? Tengo cerveza y… bueno… en realidad ahora es lo único que tengo.
–Hace tiempo que dejé de ir a los bares en busca de mujeres.
–¿Eso quiere decir que si?
–Por supuesto.

Pocas horas después, Enri despertó junto a Ana en su habitación y salió de allí sin que ella se inmutase.


Sasa, la mujer del escritor, estaba en la cama despierta cuando Enri entró en la habitación intentando hacer el menor ruido posible y se tumbó a su lado sin desvestirse:
–¿Qué tal la firma de libros de anoche? Parece que la fiesta se alargó.
–Un auténtico coñazo, como siempre. Hiciste muy bien en no venir.¿Y tú? ¿Qué tal el día?
–Ayer volvió a venir. Lo sé, lo deja todo mucho más ordenado de lo que está. No deberías dejarle una llave.

–Ya lo hemos hablado demasiadas veces. Es mi hermano, no tiene nada. No hace mal a nadie.